viernes, 8 de enero de 2010

Humildad Intelectual

Los seres humanos tenemos una predisposición natural al conocimiento y a lo largo de toda nuestra vida somos siempre unos “estudiantes”. Pero nos advierten que para llegar a aprender verdaderamente hay que ser humilde, y creo que es cierto. Una de las virtudes que un intelectual ha de procurar adquirir es la humildad. Esta virtud me parece que consta de dos aspectos fundamentales que no hay que olvidar, consiste por un lado en el conocimiento de nuestros fallos (de lo que no somos capaces, de nuestros errores y vicios, de nuestros aspectos negativos…), pero también, y además, en el conocimiento de nuestras propias virtudes.
Por lo tanto, el intelectual que quiera aprender deberá ser consciente de que “no sabe nada”, como decía Sócrates. Creer que lo sabemos todo nos sitúa en una posición prepotente poco favorable para acceder a la búsqueda de la verdad. Con esto no quiero expresar que nos consideremos unos ignorantes, sino apuntar que “pensar que no sabes nada” es una buena disposición en la medida que suponga una actitud de apertura hacia el conocimiento y hacia los demás. Una apertura del ser humano para aprender todo lo que no sabe y no una cerrazón a nuestra propia capacidad intelectual. Esto significa reconocer el primer aspecto que comentaba de la humildad: observar la propia limitación y reconocer que siempre podemos aprender algo novedoso o nuevos aspectos de una realidad que ya conocíamos.


Pero la cuestión es cómo podemos aprender desde nuestra propia limitación. Y me parece que la respuesta es bien sencilla: reconociendo las propias capacidades, nuestras aptitudes, talentos y cualidades para el buen ejercicio de algo, es decir, añadiendo el segundo ingrediente de la verdadera humildad.


La falta de confianza en uno mismo puede convertirse en un penoso vicio cuando hacemos una interpretación equivocada del “sólo sé que nada sé” y es uno de los peores peligros para los que aspiramos a la intelectualidad. Como ya he expresado antes, reconocer nuestra limitación es algo muy positivo cuando es una apertura al conocimiento de la realidad, a lo que las demás personas, del pasado o del presente, puedan aportarnos. En este sentido seremos como “enanos a hombros de gigantes”, pero hay que estar alerta y no olvidar que también disponemos de ciertas capacidades que no nos hacen ignorantes. Puede que tengamos una tendencia a buscar un modelo de referencia al que subordinarnos, un modelo que nos sirva de guía, que nos marque unos objetivos y un camino a seguir y que sin él nos sintamos incapaces de dar un paso adelante, pero esta tendencia de confiar en los demás, natural y buena, puede llegar a convertirse en un peligro, en una humildad aparente que encierra un peligroso vicio.


Si no tenemos en cuenta el segundo ingrediente de la humildad, pensamos que somos incapaces de funcionar o pensar por nosotros mismos, somos unos anti-filósofos. Así no se puede llegar a ser un buen intelectual. Después de dejarnos conducir por los demás, escondidos bajo nuestra supuesta ignorancia, al final acabamos siendo unos ignorantes de verdad, que no nos hacemos preguntas, pues todos sabemos que el mero hecho de razonar despierta la mente.


Ponernos bajo la sombra de los demás, desconfiar de nosotros para confiar más en los demás, nos puede pasar una mala jugada, puede que nos tiente la autocomplacencia y nos convirtamos en unos soberbios y vanidosos, y así quedar incapacitados para tender por nuestro propio pie a la búsqueda de la sabiduría, de la verdad. Al no explorar cuáles eran nuestras capacidades (sino sólo nuestras debilidades), cuál era la potencia de nuestra razón, y al no confiar en nuestro modo personal de pensar y de vivir, hemos tomado una actitud de sumisión y no de humildad intelectual. Las distintas filosofías, opiniones, experiencias de los demás podrán darnos unos argumentos, pero si no ponemos a actuar sobre ellas a nuestra propia razón, acabarán convirtiéndose en una serie de frases hechas, sobre las que nunca pensamos y que raramente hacemos nuestras. Y por lo tanto, así no aprendemos como un verdadero intelectual. Porque cuando hacemos nuestro, aprehendemos, un razonamiento, una filosofía, la unidad sustancial que es el hombre le lleva a hacerla vida. Un hombre coherente tiene una unidad entre el sentir, el pensar y el actuar.

Por lo tanto, cuando de verdad aprendemos es porque lo que nos han transmitido aquellos en los que hemos confiado por su capacidad intelectual, lo hemos pensado, reflexionado, razonado y a continuación lo hemos puesto en práctica, lo hemos hecho nuestro, nos ha llevado a hacerlo vida; ahora sí, ahora es cuando somos verdaderos intelectuales que, como enanos nos hemos puesto a hombros de gigantes, hombres que desde la humildad podremos acceder a la verdad, gozar de la luz y aprender.

2 comentarios:

  1. Anónimo17/2/13

    Hola, me agrada mucho tu forma de pensar, mas podrias decirme si te basas en autores para decir todo eso... Saludos.

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    1. Estas ideas que aquí plasmo, no son mas que el resultado de algo que he aprendido leyendo, entre otros, este libro: J. Nubiola, El taller de la filosofía, Eunsa, Pamplona, 1999. Un saludo

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